Guatemaltecos retornados: del sueño americano a los retos de reiniciar la vida en casa
El que ha logrado ahorrar, trae consigo capital y lo invierte en un negocio rentable, bien pensado, cuyo mercado no esté saturado.
Ataviado con una playera verde olivo, pantalón café y botas negras, sombrero redondo azul y machete en mano, Rubén Mejía Vaíl tiene 48 años y recién regresa del campo donde cultiva papa.
Mejía migró a Estados Unidos cuando tenía 17. Vivió en New York durante 22 años. Hizo trabajos de lavaplatos, albañilería, jardinería, hasta que llegó a una prestigiosa panadería.
“Ahí fue donde estuve más tiempo. Por varios años tuve más de dos trabajos. Dormía si mucho tres o cuatro horas”, dice con la mirada perdida como si regresara en el tiempo.
Al cumplir diez años en el extranjero, pidió a sus padres encargarse de la construcción de su casa. El terreno se encuentra fuera del área urbana del municipio de Cajolá, en Quetzaltenango.
“Quise que mi casa tuviera tres pisos, porque mi intención era darles una vivienda digna a mis padres, luego casarme y pues tener hijos”.
Levantar la edificación les tomó cerca de dos años y medio. Al cabo, decidió retornar.
“Mis padres son agricultores, mis hermanos se casaron y dependían de mí, por eso pensé en alquilar los locales, abrir un negocio para recuperar la inversión de la casa”, comenta.

Pero las cosas no salieron como él esperaba. A cinco meses de su retorno, los locales no habían sido alquilados. Abrió una tienda de abarrotes, pero tampoco daba mayores frutos. La razón era simple, se encontraba en lejos de la zona urbana de Cajolá en un paraje denominado Xetalbilijoj, donde el vecindario era escaso. Y además, ya había otras tiendas y abarroterías en la zona.
Su opción fue volverse a Estados Unidos y comenzar de nuevo. “Mientras estuve en Guatemala, tratando de generar ingresos, tuve una novia con la que me casé tres meses antes de irme”.
Volvió a los Estados Unidos por nueve años y después de eso decidió retornar a Guatemala. Le esperaban sus padres, su esposa y su hija mayor. Para su fortuna las cosas ya habían cambiado. Xilibijoj se había poblado mucho más.
Los locales comerciales por fin estaban ocupados. “Se abrió una cooperativa y alquilaron dos locales para sus oficinas, en el otro se abrió un molino de nixtamal y la abarrotería”, afirmó.

En contraste Abner Xiloj del municipio de Cantel, tras 19 años en Houston, Texas decidió volver, con muchos sueños. Uno de ellos era abrir una lavandería, pero no contaba con algunos aspectos culturales que le impidieron prosperar. “Aquí la mayoría de gente prefiere contratar a una persona para lavar su ropa, usan la pila todavía y por eso no había clientela”, relató.
“Como nuestra casa no está a la orilla del camino, tuvimos que alquilar un local en la vía principal entre la aldea La Estancia y Xecam. Costaba Q500 mensuales y solo teníamos unas tres o cuatro clientes al día y cobrábamos entre Q25 y 35 quetzales por lavada, no fue rentable”, comentó.
Entonces Xiloj decidió vender todo el equipo, y el dinero lo invirtió en abrir una farmacia. “El arranque fue difícil y por esa razón compramos una fotocopiadora y otros elementos, entonces combinamos la farmacia con una librería. No ha sido nada fácil, pero vamos avanzando”, aseguró.
Marta Estrada , por su parte, es de Salcajá. Regresó después de 15 años en California. Instaló un taller de costura para fabricar uniformes escolares, pero la venta de ropa usada en el mercado local hizo inviable el negocio.
“Perdí lo que traje, ahora sobrevivo con lo que siembro en una parte del terreno de mi papá, la demás la alquilo”, dice. Con eso ha logrado estabilidad económica.
En cambio, a Francisco Jiménez de Malacatán San Marcos, si le fue bien desde el principio después de estar 20 años en New Jersey, regresó y abrió una panadería, la dificultad fue que en el lugar donde decidió poner el negocio ya contaba con competencia.
“Aprendí el oficio allá, en New Jersey, y cuando regresé tenía la idea clara. No es fácil, pero ya llevamos cinco años funcionando”, contó.
“Construimos un horno de leña y poco a poco pudimos abrir el local con todo el mobiliario, pero después con la llegada de la pandemia tuvimos pérdidas, entonces a uno de mis compañeros se le ocurrió vender pan a domicilio, tenía una moto vieja, la reparamos y así salimos adelante”, agregó.
José Tzunun originario de Totonicapán, fue deportado en 2019. “Perdí todos mis ahorros. Regresé con las manos vacías y ahora trabajo como ayudante de albañil. Pienso en volver a intentar, pero las deudas todavía me persiguen”, relató.
Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más del 60% de los migrantes retornados invierte sus ahorros en la construcción de viviendas. Sin embargo, apenas un 15% logra establecer un negocio sostenible que les permita generar ingresos a largo plazo.
Este panorama refleja no solo la falta de planificación de los retornados, sino también la ausencia de políticas públicas de reinserción económica y productiva. “Las remesas dinamizan la economía local, pero cuando el migrante retorna, el país no tiene mecanismos de reinserción económica. Eso los empuja de nuevo a la migración”, dice el sociólogo Luis Santizo.
En Quetzaltenango algunas organizaciones como IDEI (Asociación de Investigación, Desarrollo y Educación Integral) promueve programas de reinserción como cooperativas agrícolas, Proyectos turísticos comunitarios, además de la exportación de café y textiles artesanales.
El dilema persiste: “volver para invertir o quedarse para luchar”. Para los migrantes guatemaltecos, el retorno es más que un viaje físico; es enfrentarse a un sistema económico desigual y a la ausencia de oportunidades reales.
Rubén lo resume con una frase que abrevia la experiencia de muchos: “Uno siempre sueña con volver, pero cuando regresa se da cuenta que el sueño no alcanza para vivir”.