La conquista de Eliza

Al salir de Guatemala, María Eliza, dejó a sus tres hijos, pero en 2017, tres años después de haber llegado, logró reunir suficiente dinero para mandarlos a traer. Dos de ellos pudieron viajar, la mayor que en aquel momento tenía 17 años y el menor 7. 

María llegó a la frontera de Estados Unidos en el lomo de La Bestia, el tren de carga que desde Chiapas llega al norte de México. Es el medio de transporte que usan clandestinamente muchos migrantes para atravesar el territorio mexicano. Viajar en él supone muchos riesgos. Cientos de personas han perdido partes de su cuerpo al caer accidentalmente del techo del convoy.  

Luego de llegar a la frontera, tras endeudarse para hacer el viaje, cruzó al estado de Texas y fue detenida por la Patrulla Fronteriza, junto al grupo con que viajaba. Fue llevada a un centro de detención de migrantes en McAllen, donde permaneció más de tres meses, hasta que sus familiares en Estados Unidos reunieron los US$7 mil de fianza para liberarla. Así empezó su nueva vida.

María Elizabeth Xocop Sapón tiene 39 años, nació en Tecpán, Chimaltenango, rodeada por la precariedad y falta de oportunidades de desarrollo.  

El 65% de la población de Chimaltenango vive en pobreza, sus habitantes carecen de servicios en salud, educación e infraestructura, señala el Análisis de Pobreza Multidimensional y Protección Social en Guatemala, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en marzo de 2024,

Un rincón guatemalteco 

Actualmente, Eliza, como prefiere que la llamen, vive en el estado de Maryland, donde ha logrado establecer un negocio propio.

La conocí hace unos días, era mediodía y el sol que hace en el verano de Estados Unidos apenas permite abrir los ojos. Mientras caminaba hacia un centro comercial, en una zona de multifamiliares, observo varias tiendas alrededor que a simple vista denotan ser latinoamericanas. 

Se ofrece envío de remesas, hay luces de colores en las vitrinas, música a todo volumen, banderas centroamericanas y uno que otro paisano que te saluda con el característico, “buenasss”.

Eliza, es una mujer k’aqchikel de baja estatura y gafas, sonríe todo el tiempo. Viste indumentaria maya de color azul y me da la bienvenida a su pequeño rincón guatemalteco. 

El primer mostrador del local está llenó de artículos para celulares. Lo atiende una joven guatemalteca, quien como buena chapina, saluda calurosamente. A un costado de ella está Quetzali, un rinconcito que inmediatamente te transporta hacia Tecpán; hay llaveros con formas de quetzal, fajas, coloridos güipiles, banderas de Guatemala, pulseras, bolsas típicas, lapiceros, luces y hasta algunas medicinas que, en muchas ocasiones, no se consiguen en este país.

Para alcanzar su sueño, está guatemalteca tuvo que hacer cosas muy diferentes a las que hacía en Tecpán, donde ayudaba a su abuela a vender en el mercado, tejer y elaborar recursos típicos. Ella la crió desde que su mamá murió en el parto de su hermano.

En Estados Unidos, María Eliza inició trabajando en dos restaurantes de comida rápida. Le pagaban $8 dólares por hora y aunque se esforzó, dice que no era lo suyo. Luego trabajó durante 4 años como ayudante en una construcción y sus atribuciones consistían en recoger restos de metales del suelo con imanes. Cuenta que también “bandereaba”. A María Eliza le tocaba cuidar el tráfico mientras sus compañeros movilizaban los tractores y también cedía el paso a peatones, incluso hasta peleaba concreto, lo cual dice era mucho mejor en invierno.

Llegó la pandemia y todo se detuvo. Pero esta guatemalteca como muchos otros que viven en los Estados Unidos, decidió cocinar lo que mejor sabe hacer: chuchitos, chicharrones y estofado guatemalteco. Diariamente salía a vender a la calle a los pocos trabajadores de la construcción que seguían activos o dando respuesta a los pedidos de conocidos. Por ese entonces empezó a encargar artesanías que sus familiares le enviaban de Tecpán, para venderlas a través de las redes sociales, con la ayuda de la mayor de sus hijos.

Al salir de Guatemala, María Eliza, dejó a sus tres hijos, pero en 2017, tres años después de haber llegado, logró reunir suficiente dinero para mandarlos a traer. Dos de ellos pudieron viajar, la mayor que en aquel momento tenía 17 años y el menor 7. 

Viajaron como lo han hecho miles de niños guatemaltecos, como menores de edad no acompañados.

Al cruzar la frontera y ser detenidos por los servicios de migración, los niños fueron asignados a una familia estadounidense para que los cuidara.. Se trata de grupos familiares quienes temporalmente resguardan a los menores, con la intención de hacer menos traumático el proceso para niños migrantes no acompañados. Situación que a Eliza casi le cuesta la custodia de sus hijos porque tanto fue el amor de esta familia hacia ellos, que quisieron adoptarlos.

Ella se opuso a la adopción y finalmente logró que le entregaran a sus dos hijos, que ahora viven con ella.

La hija mayor que ahora tiene 24 años, sigue los pasos de su mamá y es quien lleva el negocio de las artesanías en las redes sociales.

María abre su local en Hyattsville, Maryland, todos los días de 11 de la mañana a 8 de la noche.

Cuando hay temporada baja en las ventas, vende platillos guatemaltecos y con eso ajusta la renta.

Apoyo a la comunidad 

El corazón de esta chimalteca también alcanza para ayudar a guatemaltecos que recién llegan a Maryland. Cuenta que ha apoyado a otros migrantes para encontrar trabajo en abarroterías, construcción y más; gracias a los contactos que ha logrado hacer durante 10 años. 

Ese puente de solidaridad también llega a Tecpán, varias familias de madres solteras y personas de la tercera edad, son quienes elaboran la mayoría de los coloridos tejidos y recuerdos típicos que llegan hasta la tienda de María, para ella  es una satisfacción el aportar a su comunidad.

Al cabo de 30 minutos hablando, una mujer joven le hace señas desde lejos a mi entrevistada. Es otra guatemalteca que trabaja en un restaurante coreano y está justo al frente del local de María, pero esta última me dice que allí les pagan solo el mínimo. Lo cual, según el Estado de Maryland, oscila entre $12 y $16 por hora. Pero para María esos tiempos han quedado atrás, actualmente ella vende sus artesanías y recuerdos típicos desde $2 hasta $20 dólares, dependiendo lo que el cliente requiera.

Si se trata de indumentaria entonces los precios pueden ir desde $20 hasta $900 por un güipil, faja y corte. Dependiendo la fecha del año, el negocio se pone mejor pero esta empresaria dice que los días de más venta se conectan con las fechas tradicionales de Guatemala: la Semana Santa, el 10 de mayo, el 17 de junio, el 15 de septiembre y el 24 y 31 de diciembre, porque el estreno, no puede faltar. Gran parte de sus clientes son guatemaltecos, pero uno que otro estadounidense también se acerca y se deslumbra por los coloridos trajes o las novedades que Quetzali ofrece.

Al cerrar esta historia, resuena la fuerza de un espíritu indomable. María Elisa, con su valentía y perseverancia, no solo encontró un nuevo hogar en tierras lejanas, sino que también construyó un puente entre dos mundos. Su negocio, un pedacito de Guatemala en Estados Unidos, es testimonio de su amor por su país y su habilidad para transformar desafíos en oportunidades. María no solo logró superar obstáculos personales; su éxito inspira a muchos otros migrantes que anhelan un futuro mejor. Su historia es un recordatorio poderoso de que, aunque el camino sea difícil, los sueños pueden hacerse realidad con trabajo arduo y corazón.

Autor(a)
Berta Michelle Mendoza

Periodista guatemalteca de 39 años especializada en coberturas políticas y de derechos migratorios. Desde 2008 ha laborado para TV Azteca Guatemala, Canal Antigua y CNN En Español.