Hacer vida en Nebraska

Le gustaría participar en política y ayudar a mejorar la vida de sus paisanos. Su jubilación ya está muy cerca. Y su sueño bien puede cumplirse.

Juan León nació en Champerico, Retalhuleu, muy cerca de las salinas Acapán, en el año 1958. Era el hermano mayor de su familia y creció en la pobreza. Calzó zapatos por primera vez cuando  cumplió 11 años y cuando tenía 14 y trabajó en la algodonera de Acapán recuerda vivamente su primera paga: Q14.50 por una quincena de trabajo debajo del sol. Le dio la mitad a su mamá para ayudarla a comprar comida. Con el resto, se compró zapatos y calzoncillos.

Llegó a Estados Unidos en noviembre 1983 por primera, con 26 años. Llegó a California después de pagar US$300 (que le costó mucho reunir) para que le ayudaran a cruzar de Tijuana a San Diego y desde ahí dirigirse a Los Angeles. “Ahora hay gente que paga Q140 mil”, dice. En cuenta un hermano suyo que llegó a este país hace apenas unos meses.

A los cinco días de llegar a Los Ángeles ya estaba trabajando. Su primer cheque fue de US$90 a la semana, y lo ganó en un aserradero, recogiendo y tirando la sobra de la madera a un molino para hacer conglomerado luego.

En esa época, migrar era mucho más sencillo. Y Juan no quería quedarse para siempre en Estados Unidos. En esa época estaba casado y junto a su esposa habían procreado dos hijas en California.

La familia entera volvió a Guatemala en 1988 con Q143 mil de ahorros y dos pick ups que Juan había comprado con su esfuerzo de trabajo. Arrendó una pequeña finca camino a El Manchón, Retalhuleu y en ese año de escasa lluvia perdió toda su cosecha de maíz. Los dos picops que había comprado le sirvieron para sobrevivir uno poco de tiempo más, pero al cabo, decidió volver a Estados Unidos. Nomás que ahora la familia había crecido. Durante el tiempo en Guatemala nacieron otras dos niñas. En 1993 decidió volver. En poco tiempo logró reunir US$5 mil, mandar a traer a su esposa y al mismo tiempo emprender él viaje de vuelta a Retalhuleu para arreglar el viaje de sus hijas a California. A las dos mayores, las embarcó en un avión hasta San Francisco donde las esperaba su esposa. A las dos menores las llevó él mismo a través de México y volvió a cruzar por Tijuana. Esa vez le salió en US$1 mil viajar sin visa desde Guatemala a Los Ángeles.

En California la vida se les hacía especialmente dura porque pagaban cerca de US$400 al mes por una habitación en la cual vivían hacinados todos los miembros de la familia. Ahí dormían y cocinaban. Hasta que alguien le habló de las bondades de Nebraska. Le hablaron de ese estado en el Mid West de Estados Unidos. Un lugar de gran producción de maíz y soya, debido a sus enormes planicies. Además un sitio donde se encuentran más de 14 grandes plantas procesadoras de carne.

A Juan le dijeron que ahí había mucho trabajo y que el costo de vida era menor que en California. También le dijeron que era un lugar mucho más frío.

Entonces se le ocurrió mudarse a ese estado.  La familia entera llegó a Lexington, Nebraska el 4 de enero de 1994.

El cambio

Su esposa pronto consiguió empleo en un rastro de reses. Y poco tiempo después lo consiguió él. Para entonces, ambos contaban ya con permisos de trabajo que habían obtenido en la ciudad de San Francisco.

Cuando entraron a trabajar en el rastro, el salario mínimo era de US$7.15 por hora. Hoy se pagan US$23 por hora.

Era un trabajo muy duro, recuerda Juan. Cortar la carne y mover los trozos de las reses beneficiadas de un sitio para el otro.

Alrededor de 17,215 guatemaltecos viven en Nebraska. La comunidad más grande se encuentra en Omaha (3,733 guatemaltecos), la ciudad donde funciona el consulado de Guatemala a cargo de Billy Muñoz. Según el cónsul, la ocupación más común de los guatemaltecos ahí sigue siendo el trabajo en rastros y mataderos, plantas de procesamiento de carne.

En Nebraska Juan consiguió primero ayuda de una iglesia que le dio refugio para él, su esposa y sus hijas. Pero pronto pudieron alquilar una casa. Pagaban también US$400 al mes pero a cambio tenían una casa de cuatro habitaciones. Cocina, sala y comedor.

Dos años después, en 1996, Juan se hizo merecedor de un crédito y logró comprar su casa de tres habitaciones y área social, además de sótano y ático. En el sótano le cumplió a sus cuatro hijas el sueño de construirles una habitación a cada una.

Hoy, Juan está punto de jubilarse. Trabaja en una finca grande (un rancho, le llaman ahí), donde se cultiva maíz y soya, pero casi todo se hace de forma mecanizada. Se siembra con una máquina que simultaneamente alimenta 26 surcos y se cosecha con otra máquina que recoge las mazorcas de forma rápida y desecha la caña seca.

La siembra sigue poco más o menos el mismo ritmo de la primera cosecha de maíz en Guatemala. Se planta en mayo y se levanta la producción en octubre. Con la diferencia en Nebraska que nunca se llega a doblar la planta.

“Yo tengo green card” dice Juan. “Mi ex esposa se nacionalizó y por eso, nuestras hijas menores que habían nacido en Guatemala automáticamente se hicieron americanas. Yo no he querido nacionalizarme” cuenta.

Él comprende que tantas personas de Guatemala quieran venir a Estados Unidos a trabajar para mejorar su forma de vida. “Aunque sea tan peligroso ahora atravesar México”, sostiene.  Y sin embargo, él sólo aspira a la jubilación mínima de la seguridad social y su cobertura de salud es escasa y aprovecha cuando va de visita a su tierra para ir donde el dentista (algo impagable para él en Estados Unidos, como trabajador del campo).

El sueño de Juan es volver a Champerico y hacer vida en Guatemala. Le gustaría participar en política y ayudar a mejorar la vida de sus paisanos. Su jubilación ya está muy cerca. Y su sueño bien puede cumplirse.