Familias transnacionales: el reto de tener dos casas

Migrar muchas veces significa formar una nueva familia en el país de acogida, pero esto no significa no hacerse responsable de la de origen.

Roberto Nájera migró a Estados Unidos en 1994, en busca de un mejor empleo para sacar adelante a sus cuatro hijos. Las oportunidades eran pocas en su país natal, “solo encontraba trabajo como guardaespaldas y eso no me gustaba”, recuerda. Primero estuvo dos años en Estados Unidos y luego volvió a Jalapa, pero se topó otra vez con la misma realidad, los únicos empleos disponibles eran como guardia de seguridad.  Así que emprendió de nuevo el viaje, esta vez, de forma definitiva.

Se asentó en Nueva York y empezó a trabajar en una compañía encargada del mantenimiento de árboles. Laboraba el día completo y trataba de gastar lo menos posible para poder enviar dinero a casa, “a veces me quedaba solo con $200 para comprar viveres y pagar el cuarto, pero siempre mi prioridad fue que mis hijos estuvieran bien”, cuenta. Con el paso de los años, la relación con su esposa en Guatemala terminó. Más adelante conoció a una mujer con la que tuvo una hija en Estados Unidos. Eran entonces 5 hijos que mantener, hoy puede decir orgulloso que no le falló a ninguno. Aunque ya todos son mayores de edad, él sigue apoyando en Guatemala a su familia, principalmente a su nieta pequeña.

Lo que Roberto consiguió fue una familia “transnacional”, un termino que acuñó el sociólogo Alejandro Canales, “son familias estructuradas en hogares localizados tanto en las comunidades de origen como en las de destino en Estados Unidos”. El experto dice que los migrantes tienen dos casas, la de Guatemala sigue siendo su casa y a la vez tienen otra que consideran propia en el país donde viven.

El requisito para tener una familia transnacional, es, en palabras de la investigadora chilena Julia Cerda, que las relaciones no se fracturen, para lograrlo, dice que se debe echar mano de dos elementos de suma importancia: los medios de comunicación y las remesas.

Para que las familias no se rompan y se sigan sintiendo unidas es imprescindible que se comuniquen todos los días y es vital también que el migrante no deje de mandar dinero en ningún momento. La familia que se queda en Guatemala tiene que hacerlo partícipe de las decisiones y los cambios que se hagan, por ejemplo, si van a comprar nuevos muebles o a cambiar el color de las paredes, el migrante también debería tener derecho a opinar.

La investigadora dice que las familias de migrantes deben entender que ahora tendrán nuevas formas de relacionarse y vínculos diferentes, pero que, aunque haya distancia de por medio pueden seguir siendo una familia integrada. Las familias transnacionales “van a cuestionar dos factores: la co-residencia y la presencialidad, ya que las relaciones que se construyen entre sus miembros trascienden la espacialidad y las fronteras físicas, generando nuevas modalidades de cuidado y diferentes formas de entender la maternidad y la paternidad”.

Imagen ilustrativa, creada por IA

A menudo los migrantes se encuentran con que la gente les dice que sus familias se desintegraron, los juzga y los critica por salir a buscar las oportunidades que sus países no les ofrecieron, pero  Adriana Zapata, investigadora  colombiana de migración y familia, deja muy claro que una familia de migrantes no es una familia desintegrada. “El hecho migratorio en sí mismo fragmenta a la familia en el tiempo y en el espacio, mientras que la desintegración familiar es la ruptura definitiva de los vínculos familiares generada por algún tipo de conflicto”, dice en su texto Familias transnacionales y remesas.

Los migrantes no se van porque tienen conflictos, o porque el amor se haya apagado, se van precisamente porque aman y se preocupan por sus familias, eso significa que no son una familia desintegrada.

Remesas sociales

Zapata dice que es importante hacer “trabajo de parentesco”, se refiere a “el mantenimiento y las celebraciones rituales a través de los lazos de parentesco, incluyendo cartas, llamadas telefónicas, regalos y tarjetas recordatorias. Todo esto se convierte en un mecanismo que ayuda a crear y mantener los vínculos entre los padres y madres y sus hijos o hijas, además de amortiguar los cambios que se producen a partir de la distancia física”.

La investigadora habla de otro tipo de remesa, que va más allá del dinero: la remesa social. Se trata de “enviar” también nuevos conocimientos y costumbres adquiridas en Estados Unidos. Por ejemplo, si el migrante aprendió una forma especial de preparar una comida puede transmitirla a su familia en Guatemala. Existen familias en Guatemala que cada día de Acción de Gracias compran un pavo y se unen por videollamada a la celebración que, aunque no es nacional, sí significa algo muy importante en el país de acogida del migrante.

Una familia transnacional singular

La familia de la guatemalteca Adela Escobar creció de formas inesperadas. Migró a principios de los años 2,000 a Estados Unidos en compañía de su esposo Byron y su hija que tenía poco más de un año. En Guatemala se quedaron las tres hijas que tuvo Byron en su primer matrimonio. El reto era trabajar lo suficiente para enviar remesa a su exesposa y al mismo tiempo mantener a su familia en Estados Unidos.

Adela tenía dos trabajos, en una pizzería y en la oficina del Condado, Byron multiplicaba las horas también en varias ocupaciones. La decisión de marcharse de Guatemala no fue fácil, vivían bien, no les faltaba nada, pero ella lo resume en que “de un día para el otro las finanzas se vinieron abajo. La delincuencia y seguridad de Guatemala también tuvo mucho que ver”. 

Mandar la remesa a Guatemala se hacía complicado, “las niñas allá estaban acostumbradas a vivir bien, en colegio privado”, recuerda Adela. Tenían 6 años las gemelas y la mayor 8, así que decidieron que lo mejor sería que las niñas viajaran a California para vivir con ellos. La casa donde vivían tres, Adela, su esposo y su niña, de pronto se convirtió en la casa de seis.

Llevarlas implicaba muchos problemas, acostumbrarse a vivir en otra cultura e integrarlas a la nueva familia; pero seguir enviando las remesas para que estudiaran en Guatemala también era complicado. En su país tenían que pagar colegio y en California era gratis. Adela nació en Estados Unidos y Byron estaba en trámites para hacerse residente, por eso las niñas podían optar también al permiso de residencia.

Las cosas no fueron fáciles desde el principio, tomó tiempo para que las niñas quisieran a Adela como una madre, pero lo cierto es que también extrañaban a su verdadera madre, que se quedó en Guatemala, así que lograron llevarla a ella también. La esposa y la exesposa de Byron se volvieron amigas con el tiempo, al punto que cuando Adela estuvo enferma fue ella quien llegó a cuidarla junto a su hija.

Las navidades son una celebración grande, donde comparten todos en armonía. Actualmente las cuatro hijas son mayores de edad. Viajan juntos, visitan Guatemala, donde tienen dos apartamentos que dan en alquiler en Airbnb y se llevan todos bien. “No fue fácil, tomó tiempo”, recuerda Adela, pero para ella la clave fue la madurez. Aceptar que era lo mejor para las niñas y dejar atrás los resentimientos o las frustraciones de los adultos.

Foto con fines ilustrativos, creada con IA

Tanto la familia de Adela como la de Roberto siguen unidas. Superaron la distancia. Roberto ya formalizó su situación migratoria y puede viajar para ver a sus hijos.

¿Cuál es la clave? Adela dice que la madurez, no buscar pleitos sino soluciones a los conflictos. “La gente cuando nos ve se nos queda viendo raro, porque ellas me presentan como “mi mamá”. Después, llegan con su mera mamá y vienen las preguntas. Después nos ven a todos juntos y no se explican cómo le hacemos para llevarnos todos bien”, cuenta entre risas.

Roberto sigue trabajando en la misma empresa que lo recibió hace más de veinte años. Él dice que la clave para triunfar es no caer en los vicios. “Aquí hay mucho vicio y es muy fácil caer”, para lograrlo su recomendación es irse directo del trabajo a la casa a hablar con la familia.