Añoranza: recuerdos de la tierra que dejé
Nuestra identidad es marcada por el pueblo donde nacimos, los amigos, maestros y familia. Aunque el camino nos lleve lejos, siempre llevaremos en el corazón el latido de nuestra tierra y el calor de sus recuerdos de la infancia.
El lugar donde nacemos marca nuestra identidad. Mi esposo creció en San Antonio Huista, Huehuetenango. Desde sus 15 años, dejó su pueblo para estudiar, primero magisterio en Huehuetenango, la universidad en la ciudad capital de Guatemala y también vivió en Estados Unidos.
Al igual que él, sus amigos de infancia, algunos viven en México, Estados Unidos y la ciudad capital. Cada vez que se reúnen, añoran su niñez y siempre recuerdan las excursiones de la escuela a los ríos, la siembra de árboles, los apodos que cada uno tenía, las travesuras de ir a robar elotes y subirse a los palos de mango. También, las fiestas del pueblo, donde estrenaban zapatos y ropa.
En el caso de mi esposo, su abuela Aminta ahorraba durante el año para poder comprarle su estreno o la ropa cuando salió de cucurucho. Por ahí anda la foto de blanco y negro, mi esposo de siete u ocho años al frente de la procesión.
Hace una semana, estuvo por su pueblo. Junto a doña Gloria, mi suegra, y nuestra hija Rocío, pasaron por el río que cruza Santa Ana Huista, comieron como en los viejos tiempos, un coyegue, con tortilla, limó y sal.
Recordó las excursiones cuando los maestros los llevaban al río, hacían barquitos con las hojas secas, tipo barcaza y, hasta fuego les prendían. “Increíble, todos mis amigos recordamos perfectamente que casi a todos nos ponían un tamalito de fríjol volteado en hoja de milpa, y a la par un chirmolito. Los que tenían un poco más de dinero, llevaban huevo duro o huevo en torta”. Ahí se desarrollaba el curso de ciencias naturales.
Recordó a sus amigos que viven fuera de Guatemala como Iván Martínez, Julio Velásquez, sus primos Mario y Eleonor. “Estoy seguro que tienen los mismos recuerdos”.
En su niñez no tenía conciencia de la pobreza de su familia o del pueblo. Al igual que él, muchos fueron felices en su niñez.
Manrique Díaz Camposeco es el nombre de mi esposo. Y con él conocí la añoranza del pueblo. Desde hace más de 27 años, escucho los mismos chistes y las mismas historias. Y siempre nos reímos como que fuera la primera vez.
Varios de sus amigos de infancia regresaron al pueblo, algunos con jubilación, otros con sus ahorros.
Al igual que mi esposo, su identidad fue marcada por su pueblo, los amigos, maestros y familia. Porque aunque el camino nos lleve lejos, siempre llevaremos en el corazón el latido de nuestra tierra y el calor de sus recuerdos.
