Consejos para educar a tus hijos si eres migrante

Uno de los mayores sacrificios que tienen que hacer los migrantes es vivir lejos de sus hijos. Es un riesgo muy grande, porque sin supervisión constante, los peligros son muchos. Una madre migrante nos cuenta lo que hizo para que sus hijos estudiaran y trabajaran, aunque ella estaba lejos.

Doña Sandra Rosales se horrorizaba cada vez que veía a los hijos de su vecino en chancletas y bermudas tomando cerveza en la tiendita de enfrente. Cuando ella volvía de recoger a sus niños en la escuela, era normal verlos allí, le daba la impresión de que se acababan de despertar. Llegaba la tarde y los encontraba en el campo, platicando o jugando fútbol. Así día tras día.

A Sandra la apenaba pensar en su vecino trabajando sin parar en Estados Unidos para que ellos llevaran una vida sin estudios ni trabajo.

«El día que tu papá se muera, se mueren también ustedes de hambre», les dijo alguna vez, pero ellos no escuchaban consejos. Sandra no imaginaba que unos años después sus propios hijos correrían el mismo riesgo.

Tras el asesinato de su marido optó por irse con su hermano a New Jersey para mandar dinero a sus hijos de 13 y 16 años.

Jamás mandar el dinero completo, aunque lo tenga.
Si los gastos de la casa se pagaban con Q5,000 Sandra mandaba Q4,500. El resto lo metía en una cuenta de ahorros. Sus hijos se las tenían que ingeniar para llegar a fin de mes, ya fuera limpiando casas, vendiendo tostadas o arreglando jardines. El secreto, dice Sandra, era no pedirles que consiguieran muchísimo dinero, sino poquito para que pudieran estudiar sin problemas. Pero algo es algo y con eso aprendían a valorar el trabajo.

Hacerse de una red de informantes.
La señora de la tienda estaba siempre lista en la puerta a las 13:40, la hora en que los hijos de Sandra regresaban de estudiar. Si un día no pasaban, lo anotaba en una libreta. Cuando Sandra llamaba al final de la semana tenía el reporte completo. En el tiempo en el que Sandra estaba fuera de Guate no había WhatsApp, ahora pedir apoyo a los vecinos es más fácil. Sus llamadas, quincenales o mensuales, también incluían a la mamá de un compañero de su hijo mayor, o al pastor de la Iglesia, que le aseguraba que los había visto en el servicio.

Que ellos también vean los sueños.
En cada llamada Sandra hablaba de los sueños que tenía para la familia, los hacía parte: «cuando regrese, vamos a hacer esto o lo otro». Siempre les dejó claro que regresaría y que el esfuerzo de hoy sería recompensado mañana.

Nunca perder la comunicación.
Aunque las llamadas eran caras Sandra nunca pasó mucho tiempo sin hablar con sus hijos, les preguntaba por sus amigos, qué habían hecho, que le contaran todo lo que pasaba en el barrio.

Estar lejos no significa no mandar.
Quien manda en casa es mamá, aunque esté a cientos de kilómetros, eso les dejaba claro Sandra todo el tiempo. En su casa no se hacía nada sin su consentimiento. Si querían salir, ella tenía que saber a dónde, con quién y a qué hora volvían. Cualquier decisión sobre la casa la seguía tomando ella, así fuera el color con el que iban a pintar el portón.