De migrante a líder educativa: la guatemalteca que encontró en su país lo que Estados Unidos le negó

La historia de Oneyra Júarez refleja que no hay atajos. La educación es la base del desarrollo y la prosperidad.

Oneyra  Juárez Marroquín descubrió que su verdadera transformación estaba en el retorno a Guatemala: estudiar, reconstruir su vida y convertirse en una líder educativa en San Luis Jilotepeque, Jalapa.

Nació en San Luis Jilotepeque y creció en un entorno marcado por fuertes contrastes. Por un lado, conserva recuerdos alegres de su niñez: los juegos en la calle con primos, vecinos y amigos, sin tecnología de por medio y con una convivencia sana que aún recuerda con cariño. Por otro lado, la ausencia de su padre biológico —quien abandonó a su madre cuando estaba embarazada— y por una convivencia difícil con la figura de un padrastro con quien mantuvo una relación conflictiva, al punto de sufrir agresiones físicas.

Durante su adolescencia soñaba con ser maestra. Sin embargo, las dinámicas familiares la alejaron de sus estudios; su objetivo inmediato pasó a ser salir de casa y buscar una mejor vida. Dejó la escuela durante once años, tiempo en el que hizo “de todo para sobrevivir”: aprendió costura de manera empírica y se convirtió en modista; más adelante se dedicó a la venta de oro y plata. A esas alturas ya era madre de sus primeras hijas, Karla y Mery.

El intento migrante

A los 20 años viajó a Estados Unidos junto a su esposo Carlos y su hija pequeña, aprovechando la visa que él había obtenido, pues él trabajaba como conductor de tráiler. Se establecieron en la ciudad de Los Ángeles.  Ella permanecía sola la mayor parte del tiempo con su hija, sin empleo y con escasas redes de apoyo. La soledad la llevó a tomar la decisión de regresar a Guatemala pocas semanas después. Al año siguiente Carlos también volvió.

Años más tarde, ya con tres hijos, Oneyra viajó nuevamente a Estados Unidos, esta vez sola. Permaneció un año y nueve meses trabajando intensamente: cuidaba niños de 8:00 a 17:00 horas y por las noches laboraba en una empresa que preparaba comida para aerolíneas, desde las 18:00 hasta la 1:00 de la madrugada. Su rutina dejaba apenas seis horas para el sueño.

El intenso ritmo de trabajo y la dureza de la vida migrante la llevaron a una profunda reflexión: ¿en Guatemala también era posible construir un futuro? y además aquí contaba con apoyo familiar y comunitario. Con lo ahorrado decidió regresar.

De vuelta en el país buscó empleo en la municipalidad pero por su falta de formación académica no fue tenida en cuenta.  Por eso se inscribió nuevamente en el instituto del municipio y retomó el camino hacia su sueño: ser maestra.

Estudió de manera diaria, no por madurez o los fines de semana, a pesar de ser la única mujer adulta en su salón. Recibió apoyo de docentes, compañeros y de su hermano, quien entonces era director del establecimiento. Vivió los tres años de estudio con entusiasmo y claridad de propósito.

En 2007, tras graduarse, obtuvo su primer contrato en el Ministerio de Educación. Fue asignada a la aldea Los Amates. Cada día viajaba desde las cinco de la mañana en un camión cargado de leña y redes de tuzas. Llegaba a la escuela con más de una hora de anticipación, pero recuerda esa etapa con cariño y vocación. Su primer grado asignado fue segundo primaria.

Ingreso a la universidad

Un año después de graduarse como maestra, inició estudios universitarios. Mientras tanto, recibió una oferta para trabajar como secretaria en la Supervisión Educativa, donde aprendió tareas administrativas y fortaleció su relación con directores y supervisores. Con su esfuerzo, logró aprobar las pruebas para ingresar a la Universidad de San Carlos, en el Centro Universitario de Oriente-CUNORI- e inició su carrera docente universitaria.

Más adelante, logró convertirse en supervisora educativa del municipio, un cargo que describe como una bendición y una oportunidad para incidir directamente en políticas públicas locales y mejorar la atención a la niñez y adolescencia.

Oneyra  también participó en espacios políticos y sociales. Contribuyó en la redacción y actualización de dos políticas públicas departamentales, trabajando junto a sectores como salud, justicia, municipalidades y educación.

A nivel político partidista, aunque solo integró una planilla política una vez, reconoce la importancia de involucrarse, porque “si uno se queda fuera, otros deciden sin tomar en cuenta nuestras ideas” reconoce también la importancia de que las mujeres que han vivido experiencias migratorias se involucran en el desarrollo de las comunidades y municipios, “la migración marcó mi vida, pero me enseñó que aquí en Guatemala también se pueden cumplir los sueños”

Su trayectoria la ha convertido en un referente local de liderazgo comunitario. Cree firmemente que en algún momento el municipio tendrá una mujer alcaldesa, porque “no es cuestión de género, sino de capacidad y preparación”.

Hoy, mirando hacia atrás, afirma que todos los esfuerzos —los de la migración, la maternidad, el estudio y el liderazgo— la han llevado a cosechar lo que sembró con disciplina.