Esta es la historia de Lucía, la abogada de migrantes

Llegó con 14 años desde Zapotitlán a Nueva York , llevada por su mamá, y junto a su hermana decidieron estudiar leyes y trabajar con migrantes.

Cuando Lucía y Ana Gabriela tenían 10 años recibieron una visita que les cambió la vida. No podían creer que quien estaba en la puerta era su mamá. Se había marchado cuatro años antes, a trabajar a Estados Unidos, y verla de nuevo las llenó de alegría.

“Lo que mi mamá no nos dijo fue que se iba a regresar al mes a Estados Unidos a trabajar, que no era para quedarse. Porque yo pensaba que se iba a quedar para siempre en Guatemala, pero nos dijo hasta como 2 o 3 días antes de regresarse, porque era algo muy duro. Imagínense que cuando se sube al avión para regresar se desmaya, porque estaba tan triste que se desmayó y le tuvieron que poner oxígeno en el vuelo de regreso a Nueva York”, sostiene Lucía.

Lucía Damerau es una guatemalteca que hoy es una exitosa abogada que dirige los servicios de inmigración de una organización sin fines de lucro en Long Island y está a punto de abrir su propia firma de abogados. Pero llegar hasta allí, no fue nada fácil.

La historia empieza cuando Flor Contreras, originaria de Suchitepéquez, decide migrar en busca de un futuro mejor para sus hijas. Se marchó unos días antes de que las hermanas gemelas cumplieran 6 años, sin una fecha clara de retorno. En un viaje incierto, como el de miles de guatemaltecos.

Crecimos en Guatemala con diferentes familiares, estuvimos hasta en un internado de monjas, entonces fue una experiencia muy difícil en verdad, para una niña que desde los 6 años hasta los 14 está sin la mamá y el papá tampoco.

En Estados Unidos, Flor trabajó como niñera, limpiando casas, en jornadas sin descanso, con la idea de legalizar su situación para poder llevar a sus hijas con ella. Esto ocurrió 8 años después, cuando Lucía y Ana Gabriela tenían 14 años.

Desde que llegamos empezamos también a ayudarla cuidando niños, limpiando casas. Mi mamá siempre nos dijo que el estudio era lo primordial, verdad, era estricta, no te puedo mentir. Era muy estricta ella conmigo y con mi hermana gemela. Yo siempre estudiando, mi mamá siempre pendiente de nosotras, siempre nos motivó mucho y en los fines de semana trabajamos de niñeras o limpiamos casas y durante la semana íbamos a la escuela High School.

Fue como cambiar de planeta. Originarias de San Francisco Zapotitlán, en Suchitepéquez, las niñas estaban acostumbradas a ir caminado al colegio, a saludar a todos los vecinos en el camino, a ir a la tienda por un refresco… y al calor. Sobre todo, al delicioso calor de la costa guatemalteca.

Venimos en invierno, venir de la costa en pleno invierno en Estados Unidos en Nueva York es terrible, no puedes salir a la calle, un frío horrible, que sientes que no tienes ni el alma y también fue un poco difícil porque no teníamos familia acá, solo a mi mamá, entonces tuvimos que empezar de cero.

El idioma, desde luego, también fue una barrera.

No hablábamos inglés, me sentí terrible. No poder comunicarte con la gente, sientes que estas como en las sombras, como que todo mundo está viviendo y haciendo y realizándose y uno no puede hablar, no puede sacar lo que uno está pensando.

… y aunque en la escuela había más niñas latinas, no se sintieron tan bien recibidas.

La mayoría eran nacidas acá, hablaban español en la casa forzadas, Entonces no les gustaba hablar español con nosotras. les hablamos en español y nos contestaban en inglés, pues fue difícil, pero siento que también eso nos ayudó también a nosotras a poder aprender el inglés más rápido, pero los primeros dos años fueron muy difíciles. Yo me quería regresar a Guatemala, dice Lucía.

Pero no regresó. Le hizo frente al miedo, a la inseguridad, no rechazó el trabajo duro y así consiguió el primero de los triunfos: graduarse de High school. Cada una asistía a un colegio diferente y para mala suerte la graduación fue el mismo día, así que Flor, llena de orgullo, hizo malabares para asistir a las dos.

Llegó a mi graduación primero y salió corriendo.

Graduadas ambas, tenían claro lo que querían hacer: ayudar a migrantes.

Siempre quise ser abogada de inmigración porque sentí que tenía esa conexión personal, verdad, por la experiencia de no haber crecido con mi mamá por ocho años.

En Estados Unidos para ejercer tienes que pasar un examen de 12 horas primero que todo, después de la escuela de ley, son seis horas un día y seis horas otro día y te cuento que del 100% de gente que toma el examen en julio sólo el 60% pasa el examen a la primera vez.

Lucía y su hermana lograron estar en ese porcentaje de los que pasan a la primera vez. Fue para todos sorprendente, porque lo lograron a pesar de no conocer el idioma tan bien como los otros aspirantes. Pero no fue fácil.

A veces nos hacían de menos o nos decían: Ah, y vas a tomar el examen en español como diciendo que no teníamos un inglés tan bueno para poder pasar el examen, ¿verdad? Y a pesar de eso nosotros pasamos el examen a la primera vez que lo tomamos, recuerda Lucía.

Si bien antes ya se sentían minoría, en la escuela de leyes este sentimiento se acrecentó. Allí los latinos son prácticamente invisibles

Fue muy difícil, porque entre más alto va uno en la educación acá en Estados Unidos siento que menos gente que se parece a nosotros está ahí, ¿verdad? Entonces a lo que me refiero es que entre más escalones sube uno acá, menos gente. Se ve como uno es muy solitario.

Muchos alumnos terminan abandonando la carrera, Lucía llegó a pensarlo, pero por suerte cambió de opinión.

No me sentía igual que ellos, me sentía menos. Me sentía muy sola, fue muy difícil fueron tres años muy difíciles en la Escuela de Leyes, la verdad pensé yo tal vez salirme, pensé que no era para mí pensé que no iba a lograr terminar la carrera porque era muy difícil, pero tenía una maestra, una profesora dominicana puertorriqueña y ella me motivó mucho, la tenía en una de mis clases de leyes de familia y ella me motivó mucho y sentí que ella creía en mí entonces eso me motivó a seguir y terminar la carrera.

En la graduación, esta profesora, a la que Lucía le tiene un enorme agradecimiento, le entregó el premio como la mejor alumna de su clase. Un mérito enorme que consigue solo una de decenas de estudiantes.

El sueño de Lucía y de su familia crece, con su firma, que esperan esté operando el próximo año, quieren apoyar a guatemaltecos en procesos de visas o reunificación familiar.

Sentimos que al venir acá y el poder tener las oportunidades que tuvimos queríamos ayudar a otras familias para que no tuvieran que pasar por lo que pasamos. Que esperar tantos años, a veces la gente en Estados Unidos me he dado cuenta que se vienen y no tienen conocimiento de los remedios de inmigración que pueden aplicar, por ejemplo el asilo, si tú vienes a Estados Unidos, en el momento que pones un pie en Estados Unidos un reloj empieza a caminar, solo tienes un año para poder aplicar al asilo, hay mucha gente que no sabe esto y no aplica y ya no puede aplicar.

Lo que más les gusta a las hermanas de su trabajo es ver cómo se cumplen los sueños de muchos inmigrantes. Cuando logran reunificar familias, conseguirle papeles al que por años luchó a diario por una mejor vida, o asegurarle el futuro a personas mayores que temblaban al pensar en la deportación.

Tuve una una clienta de México que no había visto a su hijo por 18 años y fue algo que hasta yo me puse a llorar, verdad, ver que se reunió la mamá con el hijo después de 18 años que no se veían, sentí que el corazón se me estallaba, verdad, pero de felicidad y al mismo tiempo de tristeza saber que las familias tienen que pasar por todo esto.

La clave para triunfar, dice Lucía, es la perseverancia, pero también buscar las oportunidades, no esperar a que lleguen, salir por ellas.

No tener miedo de pedir pedir ayuda, porque siento que a veces somos muy orgullosos y no pedimos ayuda, pero no hay orgullo en eso, uno puede salir adelante, uno puede ayuda, por ejemplo, cuando estábamos en High School aquí uno tiene que tomar un examen que se llama el SAT para entrar a la universidad usualmente estos cursos son muy caros. Entonces mira mi mamá que se las arreglaba se las ingeniaba no sé de dónde se fue a meter a un centro comunitario de uno de los barrios bien fancies aquí bien ricos de Manhattan y vio que había una clase gratis los sábados y nos mete a mi hermana y a mí ahí todos los sábados de nueve a cuatro de la tarde y hoy vamos a tomar ese curso para poder tomar ese examen, o sea ella se las ingeniaba, se iba a meter para todos lados a buscar oportunidades.

Flor presume a sus hijas abogadas, le encanta mostrar que, contra viento y marea, lo lograron.

Por su trabajo como abogada voluntaria en el Colegio de Abogados LGBT de Nueva York, Lucía recibió el premio National LGBTQ+ Bar 40 Best Lawyers Under 40 en 2023.

Flor se dedica ahora a cuidar a sus nietos, se siente orgullosa porque sus esfuerzos dieron frutos y emocionada de ver como sus hijas triunfan en Estados Unidos.

Más sobre Lucía en www.caminosunidosllp.com