Hijos de padres migrantes: usan la tecnología como aliada o como enemiga

Los celulares son, en palabras de la profesora, un ángel y un demonio al mismo tiempo. Son buenos porque les ayudan a estar en contacto con los padres migrantes, pero son malos porque causan adicción y las redes sociales les exponen a desconocidos. En esta entrevista aborda más sobre el tema.

Un gran grupo de personas se reunió en la plaza. Las voces que pedían que la “quemaran” se iban multiplicando entre la población. “Es una ladrona”, gritaban. En el centro estaba una pequeña niña, de solo nueve años, a la que había descubierto robando un celular. Su rostro aparecía en las cámaras de vigilancia. Su padre y su madre se encontraban a cientos de kilómetros, en Estados Unidos, donde nada podían hacer. Fue el abuelo el que salvó a la nieta. “Solo porque respetamos a tu abuelo no te prendemos fuego, pero a la próxima ya sabes”, le dijeron. La familia de la niña también fue amenazada, si eso volvía a ocurrir, los pobladores harían justicia a su manera.

La historia la cuenta Mónica Santos, profesora de Chiantla, Huehuetenango. Una educadora que ha visto migrar a muchos de los padres de sus alumnos y que se enfrenta día con día a chicos sin mucho control, al cuidado, en la mayoría de los casos, de abuelos o tíos.

El departamento de Huehuetenango registra uno de los índices más altos de migración de Guatemala. Solo en los primeros seis meses de 2023 fueron deportados de Estados Unidos 5,042 huehuetecos. En Chiantla, según la caracterización municipal 2023, un 64% de la población vive en pobreza, un 28% en pobreza extrema. En este municipio las remesas constituyen el 12% del PIB.

A la profesora le preocupa que, debido a la migración, en su comunidad queda una combinación muy peligrosa: niños solos y con acceso a mucho dinero. Los padres envían y ellos gastan. Casi nadie controla.

“Las agencias donde venden motos a cada rato traen más, porque lo que les encanta es comprarse moto”, cuenta. En muchos casos ni siquiera tienen la edad necesaria para conducir, ni a nadie que esté al pendiente de a dónde viajan.

La niña que estuvo a punto de ser linchada había robado el teléfono porque su madre desde Estados Unidos le limitó las recargas de internet cuando los profesores le informaron de que no asistía a clases ni tenía buenas notas.

Los celulares son, en palabras de la profesora, un ángel y un demonio al mismo tiempo. Son buenos porque les ayudan a estar en contacto con los padres migrantes, pero son malos porque causan adicción y las redes sociales les exponen a desconocidos. En esta entrevista aborda más sobre el tema.

¿Qué tan peligroso cree que puede ser para un hijo de migrantes, el acceso ilimitado al celular?

En algunas situaciones los padres utilizan los medios digitales para tener un acercamiento más estrecho con sus hijos, eso es bueno, los pueden controlar, cuidar a la distancia. Les hacen videollamadas a cada rato, y en las redes sociales van viendo las fotos de los familiares que están allá. Pero se puede salir de control. En un caso particular que conocí hace un tiempo, un niña fue dejada al cuidado de sus abuelos maternos cuando tenía seis meses, porque sus padres migraron. Tenía una hermana mayor que la cuidó los primeros años pero debido a la precariedad en la que vivían, decidió irse a Estados Unidos con el apoyo de su madre. Llamó a la mamá y le dijo “mi hermanita ya camina, ya puedo irme”, y fueron los abuelos quienes asumieron el cuidado de la niña.

Desde muy pequeña le dieron un celular con internet para que hiciera videollamadas a la mamá, ella prácticamente conoció a su mamá por WhatsApp. Entonces fue creciendo con el teléfono en la mano. Sus abuelos no tenían conocimientos sobre redes sociales ni sabían leer bien. El abuelo trabajaba constantemente y la abuela no sabía manejar tecnología. Cuando la niña tenía 8 años, durante una visita, noté que usaba un teléfono avanzado para la época. A los 9 comenzó a usar Facebook y me di cuenta de que en la información de su perfil figuraba que tenía 14 o 15 años. Me preocupaba ver que subía fotos con muchos filtros, como si fuera mayor. Hablé con la hermana de la niña, que estaba en Estados Unidos, y me explicó que su madre le había dado permiso para usar las redes sociales y así ver fotos de sus hermanos que estaban allá. Yo pensaba que con WhatsApp era suficiente, porque entrar a redes sociales es ya meterse a algo más público, donde hay más personas que le pueden hablar y nadie controlaba eso.

La mamá vio que ella no estaba rindiendo en las clases y que solo en el celular pasaba, entonces le limitaron las recargas y empezaron los problemas. Como la niña no tenía saldo para el teléfono empezó a robar para poder estar en las redes sociales. Daba muchos problemas. Yo me acerqué a la abuela, porque son personas que yo quiero mucho y me ofrecí para cuidar a la niña una semana, que me la dieran una semana para hablar con ella y aconsejarla, pero no se pudo. Ella siguió robando hasta el punto de que trataron de lincharla.

¿Hay muchos hijos de migrantes solos en Chiantla?

Sí, más en las comunidades. Tenemos jóvenes que lamentablemente se han perdido, porque les mandan de todo. Tienen teléfonos, computadora y motos. He visto casos de jóvenes que cambian de teléfono a cada rato, en una comunidad en la que fue mi hijo me comenta que había un muchachito que hasta le contestaba a la maestra “usted no me va a decir qué hacer. Igual mi papá ya me va a mandar a traer y que importa si pierdo”. Es muy fuerte.

Vemos que les compran motos, tienen un auge increíble. Una de mis hijas estaba trabajando en una agencia y me dice que en promedio por día se venden cinco motos, en una sola tienda de una sola marca. Cada cinco días llegan flotas de 20 a 25 motos.

Pero también es verdad que las familias están migrando completas, primero se va el papá y después la mamá y los hijos. Recuerdo una comunidad a la que fui en 2010, donde trabajó mi esposo, y había una muchachada, era la feria y había tantos jóvenes. Llegué nuevamente el año pasado y no había casi nadie, si mucho vi tres jóvenes. El 80% ya había migrado a Estados Unidos. La gente contaba con los dedos a los jóvenes que quedaban.

Las jovencitas decían que ya no había patojos para novios, que si querían tener novio se tenían que ir a otra comunidad, porque ya no quedaba nadie.

¿Cree que los padres pueden hacer algo desde Estados Unidos para controlar a sus hijos?

Por el tipo de contexto en el que vivimos es algo muy complejo. Si se va el papá y se queda la mamá, ella no tiene la autoridad, le dejan la autoridad al hijo varón mayor. Ella casi no tiene control. Los hijos adolescentes van dando las directrices de qué se hace o no en la casa. En muchos casos son niños todavía muy pequeños, pero sobre ellos cae la responsabilidad. En ese contexto nos estamos desenvolviendo.

Creo que depende de cómo fue la vida antes de que se fueran, si ya tenían la autoridad o no cuando estaban aquí. Si los papás ya tenían autoridad con sus hijos es más fácil. Hay casos en los que las mamás ponen límites y se hacen cargo, pero otros en los que no pueden tomar decisiones, o lo consultan todo a Estados Unidos o un hijo varón decide.

La dinámica de las familias es importante. Hay hijos que se pelean por meses con los papás y no les hablan y ellos terminan mandándoles dinero para comprar el amor. Tratan de solucionarlo todo con dinero, es bien complejo.

Los que se quedan ¿viven deseando migrar también?

Totalmente. Viven a la espera de que se los lleven, es raro el que dice “no me quiero ir”. Lo común es que digan: “Mi papá está allá, ya me va a venir a traer”. Y la mayoría sí se van.