Joven migrante guatemalteco demuestra que la educación sí abre puertas
La importancia del apoyo económico de los padres para que los hijos se dediquen sólo a estudiar y avancen más rápido.
A los 13 años, Rigoberto Portillo dejó atrás los caminos polvorosos de Los Trapichitos, Jalapa, para aterrizar en el bullicio de Los Ángeles, donde no entendía el idioma ni las reglas del nuevo mundo que lo rodeaba. Hoy, convertido en maestro de español, su historia es un testimonio de esfuerzo, adaptación y del papel fundamental que juega el apoyo familiar en el destino de los jóvenes migrantes que sueñan con estudiar en Estados Unidos.
Los Trapichitos es una aldea entre los cerros en el municipio de San Luis Jilotepeque, Jalapa.
“La noche anterior a mi viaje estaba en casa, y al día siguiente ya no sabía qué esperar”, recuerda Rigoberto. Pero en Los Ángeles, California, una ciudad inmensa, descubrió que muchos hablaban español. Eso no hizo que adaptarse fuera más fácil.
Primeros pasos en un sistema desconocido

Al llegar a Rigoberto lo inscribieron directamente en noveno grado de la escuela. No hablaba inglés. No conocía a nadie. No entendía las dinámicas escolares. “El primer día de clases fue uno de los más tensos de mi vida. Me daba pena preguntar, no sabía moverme dentro de la escuela. Todo era nuevo”.
Como ocurre con muchos estudiantes migrantes, fue ubicado en clases de ESL (Inglés como Segunda Lengua). Aunque estas le permitieron adquirir herramientas básicas de comunicación, no contaban como créditos académicos obligatorios para graduarse. “Pasé dos años solo para aprender inglés, pero esas clases no me acercaban al diploma. Me retrasaron”, explica.
Su historia representa la de miles de jóvenes migrantes que no solo deben aprender un nuevo idioma, sino adaptarse a un sistema con reglas distintas, una cultura que muchas veces les resulta ajena y una presión constante por avanzar mientras cargan con la nostalgia de lo que dejaron.
Según UnidosUS, una organización que desde 1968 ha trabajado por la inclusión de la comunidad latina en Estados Unidos, actualmente hay más de 13 millones de estudiantes latinos y 5 millones de estudiantes de inglés en las escuelas del país. Estos datos reflejan una realidad diversa, pero también los desafíos estructurales que muchos aún enfrentan.
El respaldo que marca la diferencia
“Mis papás sabían que si yo empezaba a trabajar, iba a dejar la escuela. Me dijeron que me iban a apoyar con lo que tuvieran, pero que no dejara de estudiar”, cuenta Rigoberto. Eso le facilitó el aprendizaje en Estados Unidos.
Ese tipo de respaldo no siempre está presente. Muchos adolescentes, especialmente los varones latinos, enfrentan una fuerte presión para trabajar desde temprana edad y convertirse en proveedores, pagar la deuda de su viaje. “Veo cómo muchos compañeros empezaron a trabajar y dejaron la escuela. Les gustó tener dinero y no regresaron”, lamenta.
Las estadísticas refuerzan esta preocupación: según el Pew Research Center, en 2021, solo el 36% de los hombres latinos entre 18 y 24 años estaban inscritos en la universidad, frente al 47% de sus pares blancos y el 49% de las mujeres latinas. La brecha no es solo numérica: es una señal de alerta sobre la necesidad de crear entornos familiares, escolares y comunitarios que alienten a los jóvenes a persistir en sus estudios.

De estudiante a maestro: un sueño cumplido
Rigoberto no solo terminó la secundaria, sino que fue aceptado en tres universidades. Eligió la California State University, Dominguez Hills, por una razón sencilla pero poderosa: la cercanía con su casa. “No teníamos carro, así que necesitaba ir en bus. La educación era mi prioridad, y mis papás hicieron todo por apoyarme”, recuerda.
Para el ciclo académico 2024-2025, esa universidad una matrícula aproximada de 14,262 estudiantes, de los cuales el 68.2% se identifican como hispanos o latinos. Eso representa cerca de 9,729 estudiantes latinos inscritos: una comunidad diversa que alimenta la identidad del campus.
En ese entorno, Rigoberto decidió estudiar para ser maestro de español. “Siempre quise ser maestro desde niño. Quiero mantener vivas mis raíces y enseñar a otros lo que sé”.
Además, se integró a OLE (Organización Latina Estudiantil), un espacio donde pudo compartir su cultura, fortalecer su identidad y apoyar a otros estudiantes migrantes. “Ahí me sentí parte de algo más grande, con compañeros que entendían lo que era venir de otro país”.
La historia de Rigoberto Portillo es más que un relato individual. Es el reflejo de lo que ocurre cada año con miles de adolescentes que llegan a Estados Unidos.
A las madres y padres migrantes, Rigoberto les deja un mensaje directo:
“Apoyen a sus hijos, aunque sea difícil. Anímenlos a estudiar. Tal vez no entiendan el sistema, pero su apoyo emocional vale más de lo que imaginan. La educación abre puertas que el trabajo no puede abrir tan fácilmente”.
Hoy, Rigoberto lleva cinco años enseñando español en una secundaria de Los Ángeles. Su primer año como docente estuvo marcado por la pandemia y el paso abrupto a la enseñanza virtual. “Di tres semanas de clases presenciales y luego todo fue por Zoom. Nadie estaba preparado para eso, pero aprendí muchísimo”, recuerda.
Después de media década en las aulas, Rigoberto no se detiene. Su próximo objetivo es obtener una maestría que le permita enseñar en la universidad. Además de su meta académica, también sueña con impulsar clases avanzadas de español y fomentar el emprendimiento entre estudiantes hispanos. “Nuestra comunidad necesita más referentes positivos, más historias de éxito que demuestren que sí se puede”.