Qué le pasa a los hijos que los migrantes dejan en Guatemala
Una separación abrupta es un trauma que puede durar para toda la vida
En muchos casos enfrentan tristeza, depresión y ansiedad cuando sus padres se marchan para darles un futuro mejor. Pero el migrante puede actuar para reducir ese sufrimiento.
Guate.News
A Dulce García su mamá le dijo que se iría a Estados Unidos unos meses antes de marcharse. El plazo para irse sería la venta de la casa. En cuanto lograra venderla viajaría.
“Yo me quería ir, pero no me quiso llevar por los riesgos”, cuenta la joven que entonces, hace 5 años, tenía 19. “Me sentí triste, pero no me sumergí en ningún vicio. Ahora tengo mis altibajos, quizá todavía me siento algo desorientada a veces”, confiesa. Dulce aún vive en Guatemala. Su mamá no ha podido llevarla para vivir juntas.
Según la psicóloga Mónica Franco existe una gran diferencia entre los niños que tenían una buena relación con sus padres antes de migrar y los que no; para ella es vital que los padres preparen a los niños antes de la separación. “Si les avisan de la noche a la mañana, ya sea que los dos van a migrar o uno de ellos se va, y no han preparado durante la niñez al que en ese momento es joven, las consecuencias pueden ser bastante graves. Una de ellas es la inestabilidad emocional que ellos pueden presentar debido a la lejanía de su papá”, explica.
Franco recuerda que los padres son el “lugar seguro” de todo niño, que estén cerca representa para ellos la seguridad.
“Entonces al estar lejos no tienen la tranquilidad, la confianza de acercarse a esa figura paterna o materna que le puede resolver alguna duda o problema. Para los niños o los jóvenes los padres resuelven, entonces la lejanía les va a causar baja autoestima, inestabilidad emocional, inseguridad y miedos”.
Una separación abrupta es un trauma que puede durar para toda la vida, dice Franco. “Pueden estar expuestos a muchas situaciones de peligro, porque nadie cuida mejor a los niños que los padres”.
Decidir quién se va a quedar a cargo es otro asunto vital. Muchas veces se quedan bajo el cuidado de abuelos o familiares que en teoría son de la total confianza del padre, no obstante, se han dado casos en los que los propios parientes abusan de los menores. “Se ven cosas bastante graves, los pueden exponer a una explotación ya sea laboral, abuso sexual, entre tantas cosas y esto ya traería consecuencias más graves”, explica la psicóloga.

Promesas cumplidas
Dulce piensa que una de las principales consecuencias de crecer lejos de su madre fue que no pudo concluir sus estudios. “Necesitaba un poco más de disciplina y para eso tendría que haber estado ella”, cuenta. Piensa retomar sus clases, aunque a veces cree que eso podría causarle vergüenza, por ser mayor y volver al colegio, pero ella misma se corrige, “no, no es nada vergonzoso estudiar”.
Estudiar le ayudaría también a encontrar un empleo. “En el ámbito laboral me siento perdida, creo que no estaba lista para afrontarlo”, dice.
Mal rendimiento o alejamiento de los estudios como consecuencia de la migración de los padres encontró Michelle Taylor, de la Universidad de Denver, en numerosos casos cuando hizo su estudio Cuando los padres y las madres viajan al norte.“La mayoría de los guatemaltecos comentaron que el rendimiento académico de los niños disminuye drásticamente. En especial durante las etapas iniciales de la ausencia de los padres. Durante una de mis visitas a una escuela primaria, por ejemplo, la maestra de cuarto grado tenía incluso a un estudiante de 17 años en su aula”, explica.
La psicóloga Franco habla de la importancia de explicar a los hijos todo con claridad, de hacer promesas que los ilusionen con un futuro mejor siempre y cuando estén dispuestos a cumplirlas. “Es importante que se les prepare desde que se empieza a pensar que se va a migrar, desde ahí es importante decirles con toda la sinceridad el motivo de la decisión y sobre todo cumplir con lo que prometen, si los padres les aseguran que se van para darles una vida mejor, tienen que cumplirlo”.
Mónica habla como experta, pero también como hija de una madre migrante. “Yo no pude tener un apego con mi madre biológica porque ni siquiera la conocí, cuando ella se fue a Estados Unidos yo era muy pequeña”, cuenta. Se fue con la promesa de darle una vida mejor, sin embargo, pronto dejó de comunicarse y de enviar dinero. Esa es la situación de muchos niños y niñas en Guatemala, cuyos padres después de un tiempo se acostumbran a su nueva vida en Estados Unidos y abandonan a sus hijos.
Para Franco es también vital que los padres mantengan una comunicación estrecha y sólida a pesar de la distancia. “Creo que si mi madre estando en Estados Unidos hubiera tenido de cierta manera un acercamiento conmigo la relación entre madre e hija en este momento no sería tan distante como es”, cuenta.
La madre de Mónica volvió, sin embargo, ya no pudo reconstruir la relación con su hija. Mónica siempre llamó “mamá” a su abuela, fue ella quien cumplió esa función. “Ella hizo promesas de que se iba a Estados Unidos para darme una vida mejor, pero estando allá se olvidó completamente de que había dejado una hija acá, entonces no está cumpliendo lo que ella prometió y con esa crianza me criaron a mí y a raíz de eso yo creé un juicio que hace que ahora la vea como a cualquier vecina que pasa enfrente”, reconoce.
Michelle Taylor, la investigadora de la universidad de Denver, recolectó en Gualán Zacapa, varias historias de chicos hijos de migrantes y escuchó una frase que la impactó: “padre es el que cría y no el que engendra”. Uno de sus hallazgos tiene que ver también con padres que olvidan a sus hijos: “Descubrí que cuanto más tiempo permanecen los padres en el extranjero, gradualmente disminuye el dinero remitido. Bajo estas circunstancias, las relaciones sociales entre cuidadores y padres se alteran, lo que resulta en familias rotas y fragmentadas”.
Las investigadoras Haley Ciborwski y Ramona Pérez, de la Universidad de California, explican que en muchos casos los padres se separan de niños o adolescentes, pero al volver se encuentran con adultos, y la relación nunca puede ser la misma cuando no los han visto crecer. Algunos de los testimonios que ellas recogieron dicen: “Y cuando regresan a casa con los niños, ellos ya han crecido. Nunca recibieron consejos de su padre, ya no lo respetan”. “A veces, no ves a tu hijo hasta que ya tiene un hijo. Regresas a casa y ya no eres un padre, sino un abuelo. Se crían solos, nadie los guía”. “Aquí vemos que las niñas no pueden trabajar, no estudian. Lo que hacen es casarse con personas mayores porque no hay trabajo… Entonces, cuando el padre regresa, la niña ya tiene un hijo.” “Nos quedamos unos años, cinco años o seis, siete años. Cuando llegamos, pensamos que a nuestros hijos les irá bien con sus estudios o que son lo suficientemente mayores para no sufrir de hambre. Pero cuando regresamos, los hijos ya han crecido y uno nunca sabe dónde están”.
El país sin oportunidades que expulsó al padre es el mismo, o en muchos casos peor, que el que el hijo recibe cuando se convierte en adulto y le toca valerse por sí mismo. Para él tampoco hay oportunidades. La Encuesta Nacional de la Juventud reveló que solo el 7.3% de los jóvenes guatemaltecos tiene una licenciatura. Las posibilidades para estudiar son limitadas, sobre todo para los jóvenes mayas. La misma encuesta dice que solo el 9.3% de los jóvenes indígenas estaban estudiando al momento de responder la encuesta, mientras que en los mestizos este porcentaje sube a 21.6%. En cuanto a empleo formal, 41.8% de los mestizos tenía un contrato, frente al 12% de los mayas que gozaban de un empleo seguro.
“La ausencia del padre no se va a suplir con nada”, recalca Franco “pero en la manera en que ellos vean que sus papás sí están cumpliendo, que siguen pendientes de ellos a pesar de estar lejos, les va a afectar menos. Tienen que darles la vida estable que les prometieron”.
No todo es malo, Taylor documentó también casos en los que las vidas de los niños mejoraron significativamente y a pesar de la distancia consiguieron una relación cercana y de respeto con sus padres. “Pedro es un niño de diez años que, junto con su hermana Maribel, una vibrante niña de trece años con cabello rubio, fueron dejados al cuidado de su abuela paterna hace siete años. Cada año, especialmente durante las fiestas navideñas, Maribel y Pedro reciben una maleta cargada de juguetes, ropa y otras golosinas deseadas”.
Taylor menciona también a doña Katia, una abuela que se quedó a cargo de cinco nietos en Gualán Zacapa, mientras su madre trabaja en Estados Unidos. Doña Katia se enfocó en darles tanto amor y atención que, aunque dolía, la ausencia de su madre fue menos difícil.
- Recomendaciones para reducir el sufrimiento
- Hable claramente con sus hijos sobre la necesidad de migrar
- Evite generarle expectativas falsas. ¿Está seguro que lo podrá mandar a traer?
- Cumpla sus promesas: no deje de enviar lo prometido, pero exija que el niño obedezca a quien lo cuida y cumpla sus obligaciones de estudio y tareas de hogar.
- Asegúrese de que sus hijos quedan en manos seguras.