¿Vacaciones en Centro América? No, gracias

Muchos niños y jóvenes ya legalizados en Estados Unidos van a pasar vacaciones a sus países de origen, pero esta no siempre es una experiencia agradable para ellos.

Carlos y Consuelo Chajón querían que sus hijos de 14 y 17 años pasaran las vacaciones en Guatemala, su país de origen. Ellos llevan más de 15 años sin visitar a su familia y los niños no conocen a sus abuelos ni tíos o tías, así que pensaron que sería un regalo hermoso darles un viaje a Guatemala. Los adolescentes debían viajar solos, porque sus padres no tienen todavía documentos.

La experiencia resultó agridulce. La familia en Guatemala los recibió en el aeropuerto con globos y carteles; les hicieron sentir bienvenidos y especiales. Pero pronto la situación se fue complicando. En la casa de los abuelos maternos no había mucho espacio, una sola habitación que compartían con dos tíos, el agua potable no llegaba todo el día, el servicio de internet era irregular y no les gustaba la comida. Les daba miedo salir a la calle, tenían que caminar mucho para llegar a la parada del bus y amontonarse con mucha gente más.

Durante un fin de semana los llevaron a los parques del Irtra en Retalhuleu y eso mejoró la experiencia, pero de vuelta en casa, no encontraban temas de conversación con sus abuelos. Así pasaron los días, entre el aburrimiento y la desesperación por volver.

El choque cultural de pasar de un país con comodidades a uno donde reina la pobreza fue fuerte. El Salvador, Guatemala y Honduras se encuentran entre los países más pobres del continente, «con un 44%, un 68% y un 74% de niños y niñas que viven en la pobreza en cada país, respectivamente» dice un informe de Unicef.

Los niños llegan a vivir la realidad de la que sus padres huyeron. Cuando han nacido o han vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos les cuesta sentir que también pertenecen a sus países de origen. «Los padres tienen que hacerlos sentir parte», dice Adriana Romero, socióloga, «un padre que olvida su idioma materno, que cambia totalmente su dieta y que no habla con sus hijos sobre la situación en su país de origen, los aleja de su cultura y de sus raíces», explica.

¿Cómo nos adaptamos?

El psicólogo canadiense John Widdup Berry determinó que existen cuatro formas en las que un inmigrante puede adaptarse a un nuevo país. Estas son:

Integración: se da cuando el migrante conserva su cultura, pero también adopta algunas tradiciones y costumbres del país de origen. Logra llevar las dos culturas sin problemas.

Segregación: Es cuando el migrante solo se reúne con personas de su país, no aprende ni el idioma ni las costumbres de Estados Unidos y trata de seguir viviendo como vivía en Centro América. No le interesa hacer nada «gringo».

Asimilación: ocurre cuando el migrante rechaza su propia cultura y asimila la estadounidense por completo. Solo vive y actúa como lo hacen los estadounidenses, incluso se niega hablar español.

Marginalización: el migrante pierde su identidad cultural pero tampoco acepta la del país donde vive. Se siente «ni de aquí ni de allá».

Los expertos recomiendan a los padres que traten de que sus hijos se integren, en su opinión, es la mejor de las cuatro opciones. Muchos grupos de migrantes lamentan que lo que ocurre en realidad es que los niños nacidos o que llegaron pequeñitos a Estados Unidos se asimilan y crecen sin conocer su idioma -principalmente idiomas mayas- y sin saber nada sobre su país.